Integridad vs Compliance, o cuando lo legal no siempre alcanza

Esto que estás por leer es parte de la investigación y trabajo aplicado que estamos desarrollando en CGIE Consultoría para entender por qué, en compras públicas, muchas empresas “cumplen” y aun así terminan con reclamos, dudas o situaciones incómodas.

Si eres dueño o gerente general, muchas veces has escuchado (o dicho) esta frase: “tranquilo, si no está prohibido…”. Y sí, suena lógico. El problema es que actividades como las compras públicas hay muchas zonas grises: situaciones donde la ley, las bases o el sentido común no te dan una respuesta clarita.

Ahí es donde se producen los dolores de cabeza: reclamos, sospechas, enredos, problemas internos… o perder negocios por hacer algo que “se veía mal”. La buena noticia: la integridad no es un discurso bonito. Es un modo práctico de tomar decisiones cuando la norma no alcanza. Y lo más importante: se puede bajar a criterios y controles (o sea, reglas simples y hábitos de trabajo).

Cuando hablo de “vacíos”, no es que no existan reglas. El punto es que muchas veces la norma no alcanza a cubrir tu caso exacto, porque cada licitación es distinta y aparecen situaciones que no calzan perfecto con lo que dicen las bases o los procedimientos. Además, hay conceptos “abiertos” que dejan espacio a interpretación, como “razonable”, “oportuno”, “sin influir” o “lo habitual”, y eso hace que en la práctica no siempre haya una respuesta clara.

Y a ese margen se le suma la realidad del día a día: la presión por cumplir plazos y cerrar negocios (“apúrate”, “hazlo así nomás”, “si no lo haces tú, lo hace otro”). También entran en juego relaciones y favores “indirectos” que complican más el escenario: amigos, ex colegas, familiares, recomendaciones o terceros que “facilitan” cosas. Ahí es donde la empresa necesita criterios y controles, porque si no, cada uno decide como puede.

En esas situaciones, si tu empresa solo funciona con el criterio “legal/ilegal”, quedas cojo. Porque puede ser “legal”, pero igual puede ser un desastre.

Compliance vs Integridad (en simple)

Compliance es, en simple, cumplir la regla: preguntarte si algo está permitido o prohibido, qué exige la ley, las bases y los procedimientos, y asegurarte de no cruzar la línea. Te ayuda a evitar sanciones, reclamos y problemas formales, porque instala mínimos: políticas, responsables, registros, controles básicos. El punto es que en licitaciones y relaciones con el Estado la vida real trae escenarios donde la norma no te responde todo, o te deja margen: palabras como “razonable”, “oportuno”, “sin influir”, o situaciones que nadie imaginó cuando se escribió la regla.

La integridad va un paso más allá: no solo pregunta “¿se puede?”, sino “¿se ve limpio, es defendible y lo puedo probar con evidencia?”. Es el estándar que usas cuando estás en zona gris, cuando hay presión comercial, cuando un tercero “sugiere”, o cuando algo podría interpretarse mal aunque sea legal. Por eso la integridad no se queda en valores bonitos: se aterriza en criterios de decisión (para actuar parejo ante la duda) y controles simples (para que el equipo no improvise y quede trazabilidad). En compras públicas, esa diferencia suele ser la que te ahorra dolores de cabeza.

La integridad te sirve para responder cuando nadie te da una respuesta clara, y tú igual tienes que decidir rápido. Muchas veces nos enfrentamos a situaciones que podríamos resumir en una frase: «Si mañana esto aparece en un correo reenviado, o te llaman por teléfono para explicarlo… ¿te complica o te da tranquilidad?«

Fácilmente puede ser la pregunta de una jefatura a su gerencia dentro de una empresa. Si te complica, estás en zona gris. Y ahí es donde entran los criterios (cómo decidir) y los controles (cómo evitar que alguien se “pase de listo” o que el equipo improvisa).

Criterios para decidir en zonas grises

  1. Imparcialidad: ¿esto podría verse como “intento de influir”? : No importa solo lo que tú “quieres decir”. Importa cómo se puede interpretar.
  2. Transparencia: ¿puedo explicarlo sin vergüenza?: Si necesitas “adornar la historia”, mala señal.
  3. Trazabilidad: ¿queda registro claro?: Si la decisión depende de “confíen en mí”, mal. En licitaciones, lo que no está respaldado, no existe.
  4. Proporcionalidad: ¿es razonable o se pasa de la raya?: Una cosa es una reunión formal con agenda; otra es un “favor” personal.
  5. Reputación: aunque fuera legal, ¿me deja bien parado?: Porque al final el riesgo no es solo multa: es perder confianza, contratos y tranquilidad.

Por lo general estos criterios se compilan y se desarrollan en las empresas a través de códigos de ética o conducta. En Chile la legislación laboral además que las sanciones a ese código de ética se deben ajustar necesariamente a derecho y quedar registradas en el Reglamento de Orden, Higiene, y Seguridad de la empresa.

Ahora lo clave: sin controles, la integridad queda en puro discurso

Todo lo anterior requiere implementar controles. Y aquí está la parte más práctica: los controles son “candados” simples que ayudan a la empresa a actuar parejo incluso cuando hay presión.

Control A: Regla simple para regalos e invitaciones (sin lenguaje de abogado)

  • Prohibido: efectivo, gift cards, transferencias, descuentos personales, favores.
  • No durante procesos: licitación, evaluación o adjudicación.
  • Si es institucional, razonable y permitido: se registra y se aprueba.

Control B: Registro de conflictos de interés (1 hoja). Un formulario simple con preguntas directas:

  • ¿Tienes familiar/amigo/ex colega en el mandante?
  • ¿Tienes participación o vínculo con proveedor relacionado?
  • Si aparece un caso: te inhabilitas y lo dejas por escrito.

Mini caso realista (y cómo se resuelve sin enredos)

Situación: alguien del mandante dice “juntémonos a conversar el proceso”, de forma informal.

Si te quedas solo en compliance, la respuesta suele ser: “depende… no sé…”.
Con integridad aplicada, evalúas y actúas:

  • Imparcialidad: riesgo alto (puede parecer influencia).
  • Transparencia: difícil de explicar sin formalidad.
  • Control: reunión técnica solo si corresponde y está formalizada (por canales oficiales, y según aplique la normativa de lobby), con agenda, asistentes, objetivo claro y minuta; si no, se responde por canal formal.

Resultado: compites igual, pero sin exponerte. Y lo más importante: tu equipo aprende “cómo se hacen las cosas” siempre, no solo cuando tú estás mirando.

Cuando una empresa trabaja con criterios y controles simples, baja el riesgo de metidas de pata, el equipo deja de improvisar, se ordenan roles y responsabilidades (incluido RR.HH.) y te vuelves más sólido frente a mandantes, auditorías y exigencias. Eso es integridad aplicada: llenar los vacíos con decisiones defendibles y evidencia.


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Hemos visto que el problema no siempre está en lo abiertamente prohibido, sino en las zonas grises: esos espacios donde la norma no alcanza a cubrir el caso exacto, donde hay conceptos interpretables y donde la presión del día a día empuja a decidir rápido, a veces sin registro ni respaldo.

Este artículo propone un enfoque simple y práctico: usar la integridad como herramienta de gestión, no como discurso. La idea es llenar esos “vacíos” con criterios de decisión claros y controles básicos que cualquier dueño o gerente pueda implementar, incluso con equipos pequeños y baja madurez administrativa. El objetivo final es el mismo que busca cualquier proveedor serio: competir bien, proteger la reputación y sostener el negocio con evidencia y tranquilidad.

Para el diseño e implementación del Programa de Integridad, nuestro método de consultoría considera dictámenes, directivas, leyes y reglamentos aplicables; para que la empresa cliente vaya integrando los requisitos como un sistema de gestión basado en documentos y elementos de verificación que evidencien en procesos de licitación la implementación del programa; y que esté a la vez es conocido y aplicado por los trabajadores.


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